Hace no mucho, en uno de esos paseos que hago cada mañana por el valle en el que vivo (en plenos Pirineos), me vino a la cabeza una conversación que tuve con una persona que está haciendo mi programa CIMA para el estrés y el burnout laboral. Fue de esas charlas que te dejan pensando. Porque lo que me contó conectaba con un patrón que he visto repetirse una y otra vez en muchas personas, y que también yo he vivido de cerca.
Ese patrón tiene un nombre que uso mucho en mi trabajo: el rol adaptativo de la personalidad. O dicho de forma más clara: esa tendencia que tenemos a veces de encajar, de no molestar, de agradar… aunque eso nos cueste la conexión con nosotros mismos.
¿Te suena?
Te lanzo unas preguntas para ver si te puedes sentir identificado:
- ¿Evitas tomar decisiones para no equivocarte o no generar conflicto?
- ¿Sueles decir “lo que tú quieras” aunque en el fondo no te apetezca ese plan?
- ¿Te preocupa mucho lo que los demás puedan pensar de ti?
Si alguna de estas preguntas te ha tocado algo por dentro, puede que estés funcionando desde ese rol adaptativo más veces de las que crees.
Cuando a tu vida la dirige la corriente
Lo peligroso del rol adaptativo es que, sin darte cuenta, tu vida puede acabar siendo como un río que va marcando el rumbo por ti. No eliges tú hacia dónde vas. Se encargan tu familia, tu empresa, las redes sociales, las expectativas externas… y tú solo te dejas llevar.
Y claro, un día te despiertas y sientes que tu vida no es realmente tuya. Que tú no has estado eligiendo nada importante. Que todo ha ido pasando sin que hayas podido frenar a pensar: ¿esto es lo que yo quiero de verdad?
¿Y de dónde viene esto?
Este dejarse llevar suele tener raíces profundas, y se puede observar desde diferentes niveles:
1. La sociedad
Nos llegan constantemente mensajes sobre lo que “debería” ser el éxito, lo que “deberíamos” desear. Lo vemos en redes, películas, anuncios. Y poco a poco, sin darnos cuenta, eso se va colando en nuestra cabeza.
2. La familia
A veces no hace falta que nadie te diga directamente lo que espera de ti. Basta con que, desde pequeño, hayas escuchado frases como: “esto es lo mejor” o “así se hacen bien las cosas”. Si eres de los que tienden a complacer, es probable que hayas intentado ser el “buen hijo” y hayas tomado decisiones para no decepcionar.
3. El trabajo
Aquí tengo experiencia propia. Cuando trabajaba en un gran hospital en Madrid, había una norma no escrita: si no dedicabas tu tiempo libre a investigar, no eras un buen profesional. A mí me rechinaba mucho eso. Pensaba: “¿Por qué tengo que usar mi poco tiempo libre en algo que no me llena?”.
No digo que investigar esté mal —todo lo contrario—, pero sí que cada uno debe encontrar su camino. Porque si solo haces lo que “toca” o lo que se espera de ti, acabas desconectándote de tu autenticidad. Y eso, tarde o temprano, te pasa factura.
La pregunta más difícil: ¿yo qué quiero?
Si ves que este patrón está en ti, o si quieres evitarlo, te propongo algo muy sencillo (y muy poderoso): hazte esta pregunta cada día:
¿Yo, qué quiero?
Puede parecer simple, pero no lo es. Como decía Erich Fromm, esta es una de las preguntas más difíciles que puede hacerse el ser humano. Porque para responderla, primero hay que reconocer que muchas veces nos hemos dejado llevar. Y eso duele. Pero también libera.
Así que párate, aunque sea un minuto. Hazte la pregunta. Y si no te llega la respuesta enseguida, no te preocupes. Tu mente y tu cuerpo seguirán trabajando en ella. La respuesta, si es honesta, siempre llega.
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Fluir está bien. Pero dejarse arrastrar sin rumbo… no. Y es fácil confundirlos. A mí me lo recuerda cada día el río que tengo cerca de casa. Lo escucho por las mañanas cuando salgo a caminar. Y me hace volver a esa sensación de que la vida está para vivirla con presencia, no para ser vividos por ella.
Cuídate mucho y disfruta de la vida.

