Hace unos meses, en una de mi formaciones sobre estrés en un grupo de sanitarios, alguien me dijo una frase muy potente:
—“Carlos, yo pensaba que era muy resiliente… pero estoy entendiendo que solo era muy obediente.”
Esa frase se me quedó clavada. Porque creo que resume muy bien lo que nos pasa: nos venden la resiliencia como si fuera un músculo que hay que entrenar para soportar lo que venga. Aguantar, adaptarse, no quejarse. Y si aguantas más que el resto, entonces eres un ejemplo.
Pero, ¿de verdad eso es resiliencia?
La palabra, que viene del mundo de la física, describe la capacidad de un material para volver a su forma original después de haber sido deformado. En psicología, se trasladó como “capacidad de adaptarse positivamente a situaciones adversas”. El problema es que el mercado laboral y nuestra cultura de la productividad han convertido esa definición en otra cosa: en la capacidad de seguir funcionando igual aunque el entorno sea cada vez más hostil.
Y aquí es donde empieza la trampa.
Porque en un entorno laboral tóxico (ausencia de descanso, exigencias imposibles, falta de recursos, cultura de miedo o de competencia feroz…) si tú sigues rindiendo, lo que recibe el sistema no es una señal de que algo está mal, sino la confirmación de que “se puede”. Aguantar se convierte en una especie de certificado de que la situación es sostenible. Y si encima sonríes, ni te cuento.
Me he encontrado con personas que llevaban años soportando horarios interminables, jefes abusivos o condiciones inhumanas. Y cuando por fin se desplomaban, alguien les decía:
—“Pero si tú eres de las fuertes…” (o se lo decían ellas mismas)
Como si romperse fuera una traición a esa etiqueta.
Lo que nadie nos dice es que la resiliencia mal entendida tiene un coste altísimo: te vas vaciando por dentro sin darte cuenta. Pierdes conexión con tu cuerpo, con lo que necesitas, con lo que sientes. Aprendes a funcionar con dolor de cabeza, con insomnio, con contracturas que ya son parte de ti. A tragarte la rabia, la tristeza y el miedo para que nada “te afecte” demasiado.
Eso no es resiliencia. Eso es desconexión.
👉 Si leer esto te ha hecho pensar que quizá estás aguantando demasiado, regálate un espacio para escucharte cada día. En mi email diario antiestrés te cuento historias reales (mías y de mis pacientes), reflexiones y herramientas que te ayudarán a poner límites y recuperar energía. Son 3 minutos que pueden cambiar cómo ves tu vida. Es gratis y puedes apuntarte aquí.
La historia de “Eva”
Eva (nombre ficticio) trabajaba como directora de un departamento de recursos humanos en una multinacional. La conocí cuando llevaba ya tres bajas médicas en un año. Su currículum era impecable: joven, brillante, “siempre disponible” para lo que hiciera falta. Un perfil que la empresa vendía en charlas internas como ejemplo de resiliencia y además siendo madre.
La realidad era otra. Eva había pasado años normalizando lo anormal: reuniones a las diez de la noche, llamadas en domingo, viajes que encadenaba sin apenas dormir. Y llegar a casa y encima seguir trabajando por cuidar a su familia. Había aprendido a funcionar con migrañas, con el estómago hecho polvo y con ataques de ansiedad que escondía para “no preocupar” a su equipo.
Cuando su cuerpo dijo basta, su jefe le dijo:
—“Tómate un par de semanas y vuelve más fuerte, que tú aguantas todo.”
Ese “tú aguantas todo” fue el detonante. Por primera vez, en lugar de sentir orgullo, sintió miedo. Porque entendió que su capacidad de “aguante” no le estaba salvando, le estaba matando.
En nuestra primera sesión le hice una pregunta muy sencilla:
—¿Aguantar mucho te ha traído grandes ventajas en al vida, pero qué es lo que te ha quitado?
A los pocos meses, y tras un trabajo personal muy profundo, Eva decidió dejar su empresa tras ver como algo imposible mantener su puesto de forma saludable. No fue fácil, porque no solo dejó un trabajo: dejó una identidad construida alrededor de ser la que nunca se rompe.
La solución para salir del burnout pocas veces es dejar el trabajo, pero en su caso fue así.Hoy, cuando habla de resiliencia, dice algo muy distinto:
—“Mi mayor fortaleza fue saber irme”.
La verdadera resiliencia
La verdadera resiliencia no consiste en aguantar más que nadie. Consiste en ser capaz de recuperarte… y a veces, para recuperarte, hay que dejar de exponerse al fuego. Decir “basta”. Poner un límite. Renunciar a un trabajo que te destroza aunque pague bien. Dejar un equipo que no respeta tu salud. Parar.
Y aquí está lo incómodo: la auténtica resiliencia muchas veces se parece más a huir de una guerra que a resistirla. Porque en una guerra, ganar no siempre es quedarse.
No caigas en la trampa de confundir fortaleza con aguante. Hay batallas que solo se ganan saliendo de ellas. Y no te engañes: eso no es rendirse. Eso es elegir vivir.
Recuerda: si sientes que estás aguantando más de la cuenta, únete a mi comunidad por email y recibe cada mañana un mensaje breve para ayudarte a frenar antes de romperte.
Cuídate mucho y disfruta de la vida.

